Conversando por el mundo: China

Mayo 2017. Esquina Town Hall, Sydney, Australia.

Íbamos hablando una noche camino a la estación. Me sorprendí cuando me contó que hace 8 años que se había ido de China y vivía en Australia. Le pregunté si extrañaba su país y contestó: “Sí, pero de una manera poética”. La entendí perfectamente y la acompañé en el sentimiento. Pero esa no fue toda su respuesta: “Cada vez que voy, sólo me preguntan dónde está mi novio o por qué no tengo uno”. Pensé que la entendía pero no tenía ni idea de lo que seguiría.

“La edad límite que me pusieron mis padres para casarme era 24 y ya cumplí los 27. Mi papá me arregla citas con chicos que viven acá y yo tengo que ir. A él no le importa cómo es el ‘candidato’, si me interesa o qué hace,  si es borracho, golpeador, mujeriego, si tenemos cosas en común. Sólo me busca un marido”.

No es la primera vez que lo escucho pero debo reconocer que aún no deja de sorprenderme. Me contó que en dos semanas más termina el curso de inglés y tiene que viajar a Perth, el otro lado de Australia, porque su padre le arreglo una cita con un pretendiente a la que, por supuesto, debe ir.

“Cada vez que él me arregla un encuentro, luego me llama y  tengo que justificarle por qué no me gustó. Es una situación muy rara, no lo conocés, tenés que encontrarte y  tu padre ya le habló de casamiento. Es mucha presión”.

Inmediatamente reflexioné en voz alta  y solté: No vayas. ¿Qué mas da?… Estas acá, qué te pueden decir. Tenes 27 años. Es tu vida, no la arruines de esa manera. Si no lo sentís, no lo hagas.

No pude dejar de ver su cara de tristeza. Y en un tono muy bajito me contestó: “Ojalá pudiera, pero es una orden”.

Las dos hicimos un silencio. Le pregunté qué pasaba si no cumplía con esa orden.

“Tenemos que cumplir con las tradiciones. No importa si te une el amor, hay que casarse y tener hijos. Después podes hacer lo que quieras. Podes tener tu pareja gay a escondidas, amantes, tu vida… Pero tenes que tener un marido formal. Es lo que dice la tradición”.

Nos despedimos. Me olvidé que era asiática y la abracé fuerte, al mejor estilo argentino. Sentí que su cuerpo se ponía tenso y, una vez más, recordé que a los asiáticos no se los abraza ni besa.

 

 

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