La Graciosa: una isla sin asfaltos

Esa mañana por fin la calima nos daba un descanso, aunque no así el calor. Mi hermana estaba de visita en Lanzarote y decidimos  salir de aventura sin postales mentales. Sin alojamiento, sin mapa, sin plan pero con muchas ganas de conocer una de las islas mas pequeñitas de las Canarias: La Graciosa. Nos entusiasmaba mucho la idea de conocer un lugar que aun no ha sido invadido por el asfalto.

Nos fuimos con lo puesto para Órzola, el norte de Lanzarote, desde donde salían los barcos. La suerte ya estaba de nuestro lado, sólo esperamos 10 minutos y zarpamos con mucho viento, la marea algo movida y un sol intenso que llenaba de brillo al agua.

Llegamos super entusiasmadas al puerto que forma parte del centro de la isla. Vimos lugares para comer, algunos puestos para alquilar bicis y una playita llena de gente.

Decidimos perdernos un rato por las calles de arena mientras preguntábamos si había algo disponible para pasar la noche. Sin mucha esperanza, llegamos a la Pensión de Enriqueta, una casa de dos pisos pegada a un restaurante y una terraza. En la entrada, la mismísima Enriqueta con su bastón y los ruleros puestos. Subimos. Su hija estaba limpiando y terminando de hacer las camas.  A penas habían pasado 5 minutos del mediodía cuando nos dijo que estaba esperando a una pareja que no habían confirmado así que nos podíamos quedar. Se lo habremos preguntado dos o tres veces más, no lo podíamos creer. “Dejen sus cosas en la habitación si quieren”, nos dijo. No teníamos absolutamente nada para dejar. Pagamos 20 euros por una habitación doble privada con baño. Nos sentíamos más que recibidas por esa pequeña isla.

Sin más, compramos agua y salimos  camino al siguiente pueblo. Jamás nos imaginamos lo que nos esperaba. Sólo pensábamos en la meta: conocer el otro pueblo de La Graciosa. Como quien va de Sol a Atocha, de Belgrano a Palermo, nosotras íbamos de Caleta de Sebo a Pedro Barba. Un paraíso  inigualable. La naturaleza misma totalmente virgen al alcance de la retina. Pasamos por playas con arena intacta, no había ni rastros de seres humanos. Poco a poco comenzamos a subir por una montaña. El camino no era muy claro, esperábamos siempre estar en la dirección correcta. Cada vez que avanzábamos parecía más complejo, no se veía más allá,  nos planteamos varias veces dar la vuelta. Era un patrón que se repetía: si mirábamos a lo lejos, era imposible pero, si mirábamos en los que teníamos en ese momento bajo los pies, era posible. La lección parecía ser, una vez más, momento a momento, paso a paso, piedra por piedra.

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Tres horas íbamos de caminata con bastante hambre y algo cansadas del calor y de las subidas. Soñábamos con encontrar una de esas casitas típicas de te del sur argentino. O un bar, o un kiosco, o un puestito para comer o sólo para tomar, o una mesita con mantel de picnic con vasos de plástico y termo de campamento. Algo.

En medio de la cornisa, a lo lejos y mientras hablábamos de comida, se empezaba a ver el pueblito con casas blancas. Recargamos mentalmente las pilas físicas y seguimos. Los últimos tramos eran puras bajadas y ya no había dudas de camino.

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Llegamos al pueblo. Todas tres calles, sin manzanas ni esquinas. Enteras. Eran tres calles con casas repartidas por ahí. Dimos varias vueltas por todo el pueblo, eran sólo viviendas. Ni un mercadito, ni kiosco, ni bar, ni una señora que abriera la ventana para vendernos un bocata: nada ni nadie. Parecía fantasma pero no abandonado. Nos quedamos en la playa que era un verdadero paraíso. Nuestras ilusiones de casa de te quedaron dibujadas en la arena muertas de risa. Nuestras expectativas de ciudad llevadas a una isla de 27 km y  600 habitantes (en verano) que nos estaba mostrando otro estilo de vida, otra cosa, una grandeza infinita.

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Yo me dormí una de esas siestas teletrasportadoras a otros mundos y mi hermana creo que también. Me desperté de la sed. Ya no nos quedaba agua. No había grifos y, si los hubiese habido, tampoco se podía tomar: el agua no es potable. Sin muchas ganas emprendimos la vuelta. Intentamos ir por un camino interno, la única “ruta” de la isla. Pero preferimos la costa.

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Cuando pensábamos que íbamos por el mismo camino de la ida, me sorprendió este círculo hecho perfectamente con piedras de casi el mismo tamaño puestas a casi la misma altura. Estaba frente a mi segundo círculo de intensiones. El primero me lo habían presentado en Hawaii con mucho respeto. Muy exaltada le conté a mi hermana el ritual y lo hicimos cada una en su momento. Pensamos la intenciones y las regalamos al llegar al centro.

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Mis pies eran una plantación de ampollas, mis piernas ya no reaccionaban, estábamos llenas de tierra, muertas de sed pero con una sonrisa de oreja a oreja. Comimos como si no hubiera mañana. La “media ración” de espaguetis caseros era  como para  una semana.

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Nos sentamos un rato en la playa a ver las estrellas que, de ese lado del mundo, se ven muy cerca, pegadas a la nariz con un cielo muy oscuro. Cerca de las tres de la mañana me sonó el despertador , era noche de eclipse y lo  espié por la ventana desde mi cama.

Al día siguiente caminamos un poco para el otro lado y nos encontramos unas playas solitariamente hermosas y  nos quedamos toda la mañana descansando sobre la arena blanca.

Sin dudas La Graciosa esta en mi lista de los lugares a los que volvería una y mil veces.

 

 

 

 

 

 

 

 

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